Henos aquí

30 marzo, 2017

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Bueno, ahora va una pequeña historia, algo loca si la veo ahora desde mi posición actual. Comencemos diciendo que hace muchos años que escribo torpes poesías. La mayoría (como todos los que suelen escribirlas) tienden a virar en lo melancólico, triste o romántico. Dicho sea el caso de este torpe intento de poesía a la cual quise mucho en su momento. Ahí va:

Estas mal, estoy mal
¿No te cansa estar mal?
Y pretender que todo vuele
tal como los segundos pasan a horas,
y las horas se pierden en la nada del todo.
Y ves caer todo aquello que construiste,
toda una semana de pleno esmero
para caer fácilmente de nuevo.
¿Solo yo me canso de estar mal?
Y dar todo de mí sin dudar ni chistar
esperando una sonrisa de vuelta, solo eso,
reprimiendo todo para mostrarte lo más lindo de mí.
Pero es obvio que ya a esta altura no resistas,
si yo misma te quité todas tus fuerzas
¿No te cansaste de mí aun?
¿Qué hay si te digo que yo sí?
¿No es injusto que lo guarde por ti?
Si tú lo que te duele lo lloras y lo gritas
es injusto que yo lo calle y no solo no lo veas,
sino, que además creas que mis días son de maravilla.
Que te diga que la pasé bien no significa perfección,
la paso bien cuando en verdad busco estarlo,
cuando llevo fuerzas prendidas a flor de piel.
¿Y aún no te cansas de estar mal?
¿No te consume al completo?
¿A caso no te duele el ahora?
¿No lloraste suficiente?
Tristemente, yo sí.
Yo sí…

Bueno, ¿cuál fue la particularidad de esta poesía? En principio, me abrazó mucho cuando lo necesité, y también, aunque no parezca, trabajé en su estética.  Al ponerla de lado es como un pico montañoso que va aumentando su tamaño a medida que llega al final. Para Carol de 2014, fue hermoso.
Fue luego de unos meses, en 2015, cuando intercambiando escritos con un amigo, recibí una respuesta en poesía de su parte. Es ésta: 

                                    Quiero verte Sonreír

Yo sí me he cansado de estar mal.
Por lo que decidí pasar lo malo por alto y sonreír.
Escapando de la tristeza, de en sus manos la frialdad.
Y tú, que me preguntas qué espero de ti.

Sencillo.
Quiero verte sonreír.
Te veo pasar por el rabillo de mi ojo,
el reflejo de un pasado que viene hacia mí.

Dices que nadie te quiere,
pero yo no te creo.
Es tu voz, el quebradizo cristal de la tristeza,
lo único que me hiere.

¿Qué es lo que espero de ti?
Chica de voz crujiente, quiero verte sonreír.
Así que te hago esta pregunta,
esperando que, algún día, tú me la hagas a mí.

¿Quieres que te haga feliz?

Dices que quieres ir lento.
Pero yo no sé lo que quiere decir eso.
Porque mi reloj se mueve junto con el paso de los años.
Aunque, por ti, puedo ajustarlo para ir al ritmo de los minutos.

¿Qué es lo que espero de ti?
Chica de ojos melancólicos, quiero verte sonreír.
Así que te hago esta pregunta,
esperando que, algún día, tú me la hagas a mí.

¿Puedo hacerte feliz?

Bueno. Traté de no tomarme esta respuesta a mi poema como algo personal. Simplemente nunca fui de atribuirme nada, ni aunque sonase muy cercano. Mi temor a sentirme idiota tras suponer algo que no es me ha perseguido siempre, así que mejor prevenir que avergonzar, ¿no?
La cuestión es, que yo prometí ese 2015 darle una respuesta, la cual escribí pero nunca le hice llegar. Hace un rato la busqué en mi viejo cuaderno esperando terminarla, y la encontré lista. De hecho, siendo que en ese entonces no lo conocía a él tanto como lo hago ahora, me sorprende un poco de mí misma. Qué nena perceptiva. En fin, acá está mi respuesta (no tanto referido al poema en sí, sino a él como persona):

He conocido al Hombre Luz
A pesar de ser pequeño,
es un hombre al fin.
Lo dicen sus ojos,
lo confirma su perfil.

En él se ve la furia de los mares,
y la calma de la noche.
Refleja aire de tristeza, no propia;
demuestra coraje, a veces inventado.

El pequeño hombre no sabe de su luz,
lo intuye, pero no lo nota.
Él teme de su pequeñez, la suele confundir
con una inevitable soledad innata.

Su peor miedo: la nimiedad,
tiende a desvelarlo sin piedad.
Pues por más que aún no crezca,
él quiere verse grande en verdad.

Teme perder lo que no tiene,
desesperándose por ganar lo que ya es suyo.
Pero es que es hombre por su firmeza,
y pequeño por sus carencias.

Pequeño hombre luz,
si es que existe un dios siquiera,
ojalá que mañana puedas
superar su omnipotencia.

Algún día serás gigante,
más que cualquier otro.
Llegarás donde quieras,
sólo con tu luz y tu fuerza.

Y aquí estamos, después de los años. Hace unos meses le hice la misma pregunta que él hizo en su poema (que insisto, tal vez no era para mí). Llevamos seis meses de novios, ¿qué hubiese sido de nosotros de expresarnos así antes? Tal vez con más exactitud, menos rodeos literarios. Pero bueno, a fin de cuentas, henos aquí. 

PD: Por alguna particularidad del drogadicto Blogger, no me deja (por más que intente) agrandar el tamaño de la letra de los poemas. Qué se le va a hacer.

Carol~

Requiescat In Pace

10 marzo, 2017

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La primera muerte en mi familia que me provocó ese dejo extremadamente doloroso no fue ni la del abuelo Tito (mi bisabuelo), ni la de la tía María (mi tía abuela), no porque no los haya querido, simplemente las procesé distinto porque era muy chica; fue la tan inesperada y repentina muerte de mi tía Ana, mi madrina de confirmación.
Mi tío Toto llorando a cascadas, y aun así con su personalidad tragi-cómica a flor de piel, gritando casi psicóticamente "¿por qué lloran todos? Parece que esto fuese un velorio". Y no, Toto no fue gracioso, pero como lo conocemos entendimos que era la manera de depurar su dolor. Recuerdo también no atreverme a entrar a verla, y cómo me convencían uno a uno de que pasara a despedirme de ella por última vez.

No debí haber entrado. No debí haberla visto.

Cuando falleció mi abuelo Eduardo, no lloré. Traté de convencerme que no hacerlo fue mi manera de no anclarlo, y que no por el hecho de haberlo reprimido significaba que lo quisiera menos. No podía demostrar debilidad. Mucho menos cuando el abuelo viajó con nosotros desde la Chacarita hasta Mar del Plata. Tratamos de ponerle onda al viaje, por lo cual no podía emanar una gota de nada, pero honestamente ni pude dormir con el abuelo ahí (en una caja, en el baúl).
Dejamos sus cenizas en la playa Punta Iglesia, en el mismo lugar donde la abuela arrojó las del abuelo Tito. Volver a ese muelle, el último donde (sentados con él, la abuela y mis hermanos, medio año antes de que eso sucediera) tomamos mates y comimos facturas tan inocentemente, me parte el corazón. Este verano no me atreví a ir.

Sucede que con la muerte y las despedidas, soy una completa cobarde. No me atrevo a mantenerme en un velorio por más de dos horas porque mi psiquis no me lo permite. Siempre encuentro mi manera de huir, de esconderme como bebé bajo mis sábanas imaginarias para abstraerme lo más posible de esa realidad.

Hace unos minutos, falleció la abuela de mis primas, la cual se portó como segunda madre de mis padres por un tiempo (lo que fortaleció mucho el vínculo entre todos nosotros). Ahora debo decirle a mis primas esas palabras  que, cuando falleció mi abuelo y ellas nos las dijeron, a mí no me sirvieron. Aunque lo hicieron con la intención más noble de tranquilizarnos, tal vez sea dicha intención la que necesité y no la calma que buscaban darnos.
Y pasa que para la muerte uno nunca está listo. No hay manuales que te ayuden a prepararte con anticipación, ni tampoco hay algo que te ayude a sobrellevarlo luego. No hay manera de saber qué decir, cómo o cuándo, porque no hay palabras que llenen nada. El vacío ya está.

Después de todo, ese es el destino del cual nadie va a poder escapar. Es la sentencia a la que todos, tarde o temprano, nos vamos a terminar enfrentando. ¿Por qué? Porque ese es el precio de vivir.


美苗  ~  
Carol Minae

Hoy fui al banco

07 marzo, 2017

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Hoy fui al banco. Tenía que hacer el primer depósito de dinero de mi vida, porque comencé un nuevo proyecto lucrativo. 

Primero fui al Banco Córdoba, donde me rebotaron diciendo que dado que la cuenta era del Nación, debía ir allí, así que me fui hasta ese. Luego de luchar para entender cómo sacar el ticket electrónico me dispuse a esperar que pasen las 60 personas que tenía antes que yo.
Afortunadamente, divisé una espalda familiar, y al corroborar eran dos amigos de la universidad. Uno de ellos ya la dejó, pero el que sigue yendo me cae realmente bien. Hablando se me pasó rápido la espera.

Al salir había una protesta, que antes se escuchaba desde el interior del banco. "Respeten los derechos de los trabajadores, y al que no le gusta, ¡se jode!", gritaba un hombre por megáfono mientras los demás acompañaban con gritos y golpes rítmicos de bombos, sumado a bengalas de humo color verde. Parecía una especie de culto aborigen, de gente que pedía de la manera más arcaica y retrógrada los cambios que necesitaba.
Pasando la plaza, me detengo. El semáforo estaba en verde. Tardé en darme cuenta de que todos los autos que parecían estar esperando para pasar, de hecho estaban vacíos. Una cuadra completa de autos impidiendo el paso en la calle más transitada de esta ciudad. Obviamente, era parte de la protesta.

Caminando luego por la peatonal me encontré con otro amigo de la universidad. Me preguntó por mis materias, me contó que había pasado el verano trabajando. Lo despedí y continué camino. De paso le dejé algo de dinero al hombre que siempre toca la guitarra y el banjo en ese lugar.

Fui a buscar mi moto. Me dispuse a sacar el candado mientras un hombre, en la moto de al lado, hablaba por teléfono. Cuando cortó, comenzó a cantar realmente fuerte. "Fue imposible sacar tu recuerdo de mi mente", cantaba y me miraba; me limité a sonreírle. No me gusta la bachata. "Y vuela, vuela, por otro rumbo". Me fui a mi casa.


Carol~