La primera muerte en mi familia que me provocó ese dejo extremadamente doloroso no fue ni la del abuelo Tito (mi bisabuelo), ni la de la tía María (mi tía abuela), no porque no los haya querido, simplemente las procesé distinto porque era muy chica; fue la tan inesperada y repentina muerte de mi tía Ana, mi madrina de confirmación.
Mi tío Toto llorando a cascadas, y aun así con su personalidad tragi-cómica a flor de piel, gritando casi psicóticamente "¿por qué lloran todos? Parece que esto fuese un velorio". Y no, Toto no fue gracioso, pero como lo conocemos entendimos que era la manera de depurar su dolor. Recuerdo también no atreverme a entrar a verla, y cómo me convencían uno a uno de que pasara a despedirme de ella por última vez.
No debí haber entrado. No debí haberla visto.
Cuando falleció mi abuelo Eduardo, no lloré. Traté de convencerme que no hacerlo fue mi manera de no anclarlo, y que no por el hecho de haberlo reprimido significaba que lo quisiera menos. No podía demostrar debilidad. Mucho menos cuando el abuelo viajó con nosotros desde la Chacarita hasta Mar del Plata. Tratamos de ponerle onda al viaje, por lo cual no podía emanar una gota de nada, pero honestamente ni pude dormir con el abuelo ahí (en una caja, en el baúl).
Dejamos sus cenizas en la playa Punta Iglesia, en el mismo lugar donde la abuela arrojó las del abuelo Tito. Volver a ese muelle, el último donde (sentados con él, la abuela y mis hermanos, medio año antes de que eso sucediera) tomamos mates y comimos facturas tan inocentemente, me parte el corazón. Este verano no me atreví a ir.
Sucede que con la muerte y las despedidas, soy una completa cobarde. No me atrevo a mantenerme en un velorio por más de dos horas porque mi psiquis no me lo permite. Siempre encuentro mi manera de huir, de esconderme como bebé bajo mis sábanas imaginarias para abstraerme lo más posible de esa realidad.
Hace unos minutos, falleció la abuela de mis primas, la cual se portó como segunda madre de mis padres por un tiempo (lo que fortaleció mucho el vínculo entre todos nosotros). Ahora debo decirle a mis primas esas palabras que, cuando falleció mi abuelo y ellas nos las dijeron, a mí no me sirvieron. Aunque lo hicieron con la intención más noble de tranquilizarnos, tal vez sea dicha intención la que necesité y no la calma que buscaban darnos.
Y pasa que para la muerte uno nunca está listo. No hay manuales que te ayuden a prepararte con anticipación, ni tampoco hay algo que te ayude a sobrellevarlo luego. No hay manera de saber qué decir, cómo o cuándo, porque no hay palabras que llenen nada. El vacío ya está.
Después de todo, ese es el destino del cual nadie va a poder escapar. Es la sentencia a la que todos, tarde o temprano, nos vamos a terminar enfrentando. ¿Por qué? Porque ese es el precio de vivir.
美苗 ~
Carol Minae

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