Amor sin azúcar

29 enero, 2018

| | |
Justo cuando comienzo a creer que todo va mejor, la vista se me comienza a nublar. Las lágrimas brotan de mí como si fueran coágulos incontrolables, saliendo del cuello recién rebanado de un cordero.

Estoy destrozada, y no termino de entender bien por qué.
Tal vez esto se siente al dejar ir algo que de verdad amas porque dicho algo te hace infeliz. Qué irónico, ¿no? 

Hace poco hablamos de nuevo. Entre tantas cosas, él me escribió esto:

“Es raro no tener la presión de hablarte porque si no lo hago te vas a enojar”.

Eso, mis no-existentes lectores, es la clara muestra de que cortar con él no fue un error. Es la prueba de que el amor de “hoy” no es algo que te sale del alma, si no algo por lo que uno siente un deber.

Leyendo eso, nadie se imaginaría siquiera que al pobre le había dicho un mes atrás que necesitaba más romanticismo en la relación. Cuando se lo dije, sabía en parte. Sabía que no iba a cambiar en nada a menos que yo le dijera qué hacer en cada instancia. Y a pesar de ello, no le di ninguna indicación.
Aún así, no quise aceptar que desde antes de ese punto de inflexión ya le veía el cartel de “fin del camino” a nuestra relación. Y lo trato como un punto de quiebre porque en el momento donde uno manifiesta lo que lo aqueja, la situación se torna en una espera: la persona a la que se le dice “esto me molesta”, deja de ser ignorante al respecto, y pasa a tener la responsabilidad de hacer algo diferente. Bueno, él intentó hacer algo por la causa, no lo niego. Pero no le salió.
Tal vez todo lo que quería estos últimos días desde que terminamos, fue esperar que él hiciera eso que nunca hizo; que su lado romántico aflorara y viniera a mí.
Le corté y lo despedí con dolor enmascarado, a la espera de que él vuelva. De que me golpee la puerta con una carta y una flor en la mano, dónde me dijera que haría todo y más para solucionar las cosas. Pero era obvio que no iba a ser así.
Para él terminar conmigo fue un alivio.
De hecho, estoy segura de que lo único que él necesitaba para hacerlo, era un buen motivo.
Y se lo di sin problemas, porque su amor sin azúcar ya me empezaba a lastimar por demás.
Quién sabe. Por ahí le corre y urge de la nada la necesidad de volver a mí de acá a un tiempo. Pero no lo sabe. Él no tiene idea de lo mucho que me cuesta soltar.
Y sucede que “soltar” para mí es como tener un alambre de púas enroscado en el brazo: si bien está clavado y enterrado, es debido a eso que no se siente el dolor. Y al sacar ese alambre de púas, todos los huecos quedan expuestos a la sensibilidad del ambiente. Una vez que cada uno sana, a nadie jamás se le cruzaría por la cabeza volver a enroscar el alambre de púas sobre aquellas cicatrices.

Claro que es una metáfora. En la práctica sí lo haría. Me refiero al daño físico.
Sucede que todo esto vuelvo al principio. Se reinician mis contadores y sé que eso no es bueno.
Me retuerzo, mi cuerpo tiembla. Hace más de una hora que lloro a gritos, pero ya no sé por qué. Creo que lloro por todo el daño que quiero pero no puedo hacerme. Y mis manos se baten frenéticas frente a mí, ante la impotencia.
Intento pedir ayuda. Sé que la tuve todos estos últimos días, afortunadamente, pero en el inmediato de mi situación, estoy sola.


Desearía poder ahogarme en mi propio llanto.

                                                                                                                                                                                                         Carol~

0 Opiniones:

Publicar un comentario